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jueves, 11 de julio de 2013

Wait, don't go.

Y el choque de nuestros cuerpos contra la cama, en la más profunda intimidad de la habitación, resonó, como eco perdido en el pasado, entre el aire que nuestros besos consumían con cada segundo que pasaba, con cada segundo que perdíamos, con cada paso que dábamos.  Sus brazos me rodearon por la cintura, en perfecta armonía entre amor y pasión desenfrenada. El fuego de su piel me quemaba en el pecho. Su saliva, aliviaba el calor. Sus ojos iluminaban mi camino y aquella sonrisa reparaba las heridas.
Y eran sus manos, aunque entonces no lo supe, las únicas brújulas que me guiaron a través de su cuerpo, hacia confines secretos, hacia promesas y caídas. Las únicas que unieron nuestros lazos en la eternidad de la nieve, las únicas que removían mi mundo y me hacían temblar de frío. Eran sus manos, mi perdición. Eran sus manos, mi alma. Las únicas, que intentaron espantar mi miedo, y que no lo consiguieron.
Entre jadeos y susurros, entre nuestros propios pensamientos, pude verlo a él. A él y a sus marcas de guerra. A él y a sus heridas. Sus dedos, se entrelazaron con los míos con demasiada fuerza, con dolor, castigados por el terror y la oscuridad. No pude retener las lágrimas, no pude retener aquella parte de mí que no soportaba la angustia de la pérdida, el miedo del jamás, la muerte tras el último adiós.
Sin embargo, sonrió.
-No quiero que te vayas. No quiero que te alejes. No puedo respirar. Quédate aquí, conmigo.
-Volveré, Luca, sabes que lo haré.
El silencio nos envolvió con su tacto aterciopelado, con su manto de dudas y riesgos que asumir, decisiones que superar, escalones con los que tropezar, para levantar.
-Te lo prometo, pequeño.
Y sus labios se fundieron con los míos, en un besó que duró horas, o segundos. Minutos, o siglos. Sus besos como arma de destrucción masiva, como remedio para enfermedades.
Allí, en la oscuridad, hubiese deseado que aquella promesa, que aquellas palabras, hubiesen sido de verdad.

martes, 9 de julio de 2013

Con hielo, por favor.

-Vamos, deja que te invite a una copa.
Ese segundo de destrucción, de perdición, de locura. El segundo en el que lo miré a los ojos, entre compases y tintineos que nublaban mis sentidos. Lo supe entonces y lo ignoré; la llamada de la cordura, el aviso de mi propia mente.
-Casi no nos conocemos -murmuré, con una sonrisa tan amarga que hasta las pareces se estremecieron de horror al verla entre mis labios.
-Pues comencemos algo. Tengamos un comienzo.
-Los comienzos terminan. Todo termina, se muere, se destruye. El comienzo es un punto de no retorno.
Levantó mi barbilla con el dedo, entre tactos aterciopelados, rodeados de oscuridad; y aún podía ver la luz de sus ojos, la pasión, el deseo, la aniquilación de lo poco que quedaba de mí. El final del camino.
-Pues arriesga, como si murieses mañana. El futuro es un hijo de la gran puta. No le des esa satisfacción -susurró, a escondidas, entre bambalinas-. ¿Cerveza, entonces?
-Whisky -respondí, perdido en el infierno de sus ojos, entre sus esquirlas y sus pétreas murallas.
-¿Con hielo?
Ese segundo, en el que entregué mi alma al diablo.
-Con hielo, por favor.  

domingo, 23 de diciembre de 2012

Lo sigues teniendo todo.

Puede que aquel cristal no mostrase la realidad tras él, puede que todo fuese una absurda y disparatada mentira del destino. Puede que la lluvia, que colisionaba contra la superficie y la recorría, ávida por encontrar su final, no fuese del todo real. Miró más allá, hacia el horizonte de farolas, de personas, hacia el horizonte que no quería volver a contemplar. Era demasiado triste, la despedida. Hacer la maleta, hacer tus recuerdos, y marcharte, tal vez para siempre. Tanto que se quedaba atrás, tanto que estaba por delante. Un futuro incierto, un futuro lejano, de él mismo, de su pasado, de él.
Sacudió la cabeza. No. No iba a echarse atrás. Había tomado una decisión, la marcó con fuego bajo su piel. Ya era demasiado tarde, ya no se podía volver atrás. Observó el libro que tenía entre sus manos, acarició la portada, sintió sus palabras, la historia, el amor.
Página doscientos nueve.
Algo cayó, ante su mirada, bajo su sorpresa. El destino volvió a unirlos, el destino volvió a avivar la llama, a mostrar demasiados recuerdos. Todo sabía a desencanto, todo sabía a días tristes, a canciones lentas, a café quemado. Pero, sin embargo...
No sabía que aquello estaba allí. Todo, en su vida, era pura casualidad. Cogió la nota de papel entre los dedos y parpadeó, para aguantar las lágrimas, para evitar volver atrás. ¿De dónde había salido aquello? ¿Cuándo lo había escrito? Pero, lo más importante, ¿por qué estaba allí?
Cuando llorabas, yo secaba todas tus lágrimas. Cuando gritabas, yo luchaba contra todos tus miedos. Y sostuve tu mano durante todos estos años. Pero, sin embargo, sigues teniéndolo todo de mí.
Te quiero.
R.”.
Luca lloró. Por primera vez desde hacía mucho tiempo, sobrio, lloró. Su canción favorita, la mejor de las sinfonías. La lluvia se hizo nieve en el exterior. El frío arreciaba. La Navidad estaba llegando y nadie parecía percatarse.
Saltó del asiento, mochila al hombro, y recorrió las calles nevadas, congelado por dentro, hasta los huesos. Sin aliento, sin fuerzas, sin esperanzas, pero con una gota de ilusión en aquella mezcla mortal. Lo vio, sentado en su puerta, con la vista perdida y los ojos llorosos. Cruzaron las miradas.
De repente, sus luces se encendieron. De repente, dejaron atrás los errores, las lágrimas, los reproches. De repente, pararon el tiempo. Sonrieron. Nada importaba, todo desapareció.
Solo y únicamente, ellos dos. Bajo la nieve, bajo la noche, se fundieron en un abrazo que pareció romper el silencio, la quietud, la nada que los rodeaba. Bajo la nieve, fueron ellos. Bajo la noche, de nuevo. En el silencio, y en el tiempo.

¡¡Feliz Navidad!!

domingo, 16 de diciembre de 2012

Tan sólo un juguete, ¿verdad?


Un sorbo más al vaso de wkisky, medio lleno, medio vacío, como su mirada al frente, fundida en la penumbra de la habitación. La semántica en sus palabras dejó de tener sentido, el dolor, la oquedad en su pecho se hacía cada vez más profunda. No quería, porque no podía, porque sus huesos ya habían dado con el suelo, con el infierno del recuerdo. Bajó la vista, se hundió en el líquido y en la marea del pensamiento.
—Por fin te encuentro.
Ni se molestó en pensar el tiempo que llevaba allí, las horas, los minutos y los segundos desperdiciados en el bar. Ni se molestó en darse de bruces con su mirada. Ni se molestó en sentir nada, nada que no fuera más allá de las heridas, de la sangre.
—¿Qué quieres?
—Ven a casa, por favor —murmuró Robert.
Se sentó a su lado. Luca respondió, sin más, con una amarga sonrisa que ensombreció su rostro de niño desvalido. Un sorbo más. El repiqueteo de los hielos contra el cristal adormecía los sentidos.
—¿Para qué? Lo sé, lo sientes. Sientes todo lo que has dicho —repitió, con voz monótona, como si estuviese recitando un viejo guión demasiado memorizado para dar cabida a un sentimiento—. Robert, ¿qué cambiaría entonces? Me voy a casa, follamos, dormimos. Pero mañana todo será igual. Seguiré siendo el segundo plato de nadie, el dolor de cabeza, el que sobra en todo. Dime algo que no sepa. Algo que me dé una razón para seguir a tu lado. Una razón para seguir viviendo.
Silencio. Un tenso silencio. Robert se quitó la bufanda, aquella de rayas verdes y grises, aquella que olía a colonia, a café, a su piel. Con un gesto delicado, se la enroscó a Luca en el cuello, con una mirada triste.
—Te necesito. Te amo. Necesito tu calor, tus risas, tus “idiota”. Necesito que me cures, que vengas a por mí, necesito que seas el núcleo de mi vida. Por favor…
Luca lo miró a los ojos, por fin. Se acabó el vaso. Se acabó el odio. Con un pequeño salto, se bajó del asiento en el que llevaba horas postrado y desenroscó la bufanda. La dejó caer sobre el suelo, inerte, desvalida, demasiado fría.
—Puede que sea demasiado tarde. Ve y le pides calor al chico que te está esperando en la puerta, cariño. No necesito nada más de ti. 
Abrió los ojos de par en par. Justo antes de marcharse, Luca se volvió hacia su víctima, alguien no mucho mayor que él, pero más guapo, con más carisma, con menos heridas. Un juguete recién salido de fábrica, sin defectos, sin abolladuras. Se miraron, largo y tendido. Finalmente, sonrió.
—Enhorabuena —dijo, sin gesto en la voz, sin tono en el rostro—. Disfruta de tu premio. Al menos, hasta que encuentre a otro que sea mejor que tú.
Y se alejó, fundido en la noche, en las lágrimas, en lo que pudo ser y nunca llegó. Completamente roto, completamente fuera de lugar. Como siempre, como nunca, tal vez, como jamás.

miércoles, 27 de junio de 2012

Romances a medianoche.

El mundo podía pararse en un solo segundo, en lo que duraba un pensamiento mortal, en lo que duraba una punzada de amargo dolor con sabor a recuerdos. Luca lo había visto, pararse, y sintió sus robustos brazos desfallecer al contacto con la piel. El mundo podía pararse y el reloj comenzaba a girar al revés, marcando el pasado con una sonrisa diabólica que contrae tu cuerpo en una mueca desesperada y asustada.
Lo miró, desde el asiento, con la barbilla apoyada en las sábanas blancas de aquel maldito hospital, una cárcel de paredes vírgenes en las que la muerte se postraba para jugar, esperar y observar. Apretó débilmente la mano, sintiendo a su alma resistirse a las horas de sueño, a las pesadillas y a la realidad. Pero no pareció importarle.
Robert entrecerró los ojos y le envió aquella sonrisa que tanto le gustaba, divertida, altiva, egocéntrica. Aún con el cuerpo magullado, seguía siendo el hombre del que se había enamorado.
—Tienes que descansar —susurró.
—Tienes que dejar de ser un gilipollas.
Chasqueó la lengua y le devolvió el apretón. Luca buscó con la mejilla el calor de su cuerpo. El contacto le provocó una oleada de emociones contradictorias. Quiso llorar y gritar, quiso besarle, quiso romperle todos y cada uno de los huesos que aun seguían en su lugar. Quiso tantas cosas que, como humano, no hizo nada. Esperó. Como siempre, esperó.
—Algún día —arrastró las palabras—. Dejaré de serlo, tan sólo si tú me haces un favor.
Luca elevó la mirada. En sus ojos, vio luz y esperanza, emoción, inocencia, calidez. Oteó en ellos lo que nunca había visto, mundos paralelos que habían abierto sus puertas durante unos segundos, recuerdos que brillaban como centellas al pasar, canciones y poemas en bares oscuros, bailes lentos a las cuatro de la mañana. Robert se giró unos centímetros, tirando de las decenas de tubos transparentes que se perdían en su forma demacrada. Se miraron. Habló. El mundo, volvió a pararse:
Cásate conmigo.

sábado, 17 de marzo de 2012

Entre el grito de los árboles.


Era una noche tan oscura que parecía que la propia nada podía llegar a engullirte para hacerte desaparecer en un instante, dejando de existir en el terror del tiempo. Tampoco el aire quería moverse, asustado en la quietud, esperando una sola señal para poder liberar su cántico entre los árboles de la ciudad. Y las luces, rojas y naranjas, parecían sólo estrellas fugaces prefabricadas.
Tras haber decidido abandonar el castillo de naipes que lo impedía avanzar, Luca intentaba no guiar sus pasos por el ritmo de la música; no quería parecer estar loco. Sonreía con timidez, hasta que las guitarras dejaron paso a un tremendo piano de cola que le brindó unos dolorosos recuerdos entre copas de amargo champán: La noche de fin de año con él, el último baile del año.
No había sabido nada de Robert desde aquel mensaje, desde un simple: “Necesito tiempo. R.”. Aún lo guardaba como oro en paño, intentando creer que el tiempo no lo haría olvidar dos años y medio de compleja felicidad. Parpadeó, para no derramar las lágrimas que querían escapar de sus ojos ausentes para acabar desfallecidas sobre el rudo asfalto. Rogó que no fuera demasiado tarde, una vez más.
Fue en el segundo en el que los violines derrocharon gemidos armónicos cuando lo vio, allí, tirado en la calle. Apenas respiraba y la sangre brotaba ávida de libertad desde una herida en su estómago. Cuando el vaho se escapó de sus labios para perderse en el infinito, junto con el alma, se lanzó hacia él, gritando su nombre. Se arañó las rodillas con el suelo mientras sujetaba su cabeza con infinito cuidado y la ponía en sus piernas. Comenzó a llamar a la ambulancia, sin disimular el llanto de dolor, de terror y sufrimiento que salía de sus pulmones. Tapó la herida con la otra mano; su sangre estaba demasiado caliente. Ahora entendía por qué aquellos enormes brazos eran siempre cálidos, o por qué el invierno nunca lo encontraba: El hombre de fuego.
—Robert… —murmuró, llorando, sujetando ahora su mano.
Sus ojos parecieron abrirse y tardaron unos segundos en reconocerlo. Pareció sonreír aún con el labio partido.
—Siempre… eres tú —tosió, derramando una mezcla de saliva y sangre que se desparramó por su cuello amoratado.
—No te vayas ahora, aguanta. Por favor —apretó su mano con fuerza, con la esperanza de poder retenerlo unos segundos más. Le dio un beso en la frente, apartando delicadamente algunos mechones de pelo. Sabía a sudor, a óxido, a arrepentimiento.
Robert se extrañó. Tras un silencio que pareció eterno, respiró con dificultad.
—¿Y ser yo el que… te quite la sonrisa? —apretó su mano, débil y moribundo. Se miraron unos segundos—. Jamás.
Entonces, el viento comenzó de nuevo a vivir en la noche, gritando entre los árboles.

miércoles, 18 de enero de 2012

Algo por lo que luchar.


-Entonces, ¿qué es lo que quieres?
La profunda voz de Robert lo hizo despertar de aquella especie de ensueño en la que se había sumido. Mirando a través de la vieja ventana sobre la que siempre se había posado, apretó los labios, llevándose a la lengua un par de saladas lágrimas. Pero no contestó, pues ni él mismo sabía se sentía fuerzas para hacerlo, para expresarlo todo.
-Luca. Mírame. Mírame.
Se volvió con lentitud, mostrando fiereza, frialdad, un gesto tan serio y desfigurado que descolocó la mente de Robert durante unos segundos. Sus ojos estaban completamente hundidos en una oscuridad que nunca había conocido. Mostraban años y años de dolor, de intentos fallidos, de sangre y cicatrices de batalla. Veía a un completo adulto frente a él, destrozado y pobre, sin ánimo de reparación: una máquina.
-He estado aquí, desde siempre. Para recogerte cuando estabas borracho, para curarte las heridas de las once peleas que has tenido durante un año –fue caminando hacia él, con los puños cerrados. Arrastraba las palabras que cortaban el aire, como afilados cuchillos-. He desperdiciado madrugadas y mañanas en preocuparme por, en ser algo que recordar.
Lo cogió por el cuello de la camisa y lo pegó a la pared, con violencia. Los ojos empezaron a inyectarse en sangre. Robert tragó saliva. Aún así, conservó la compostura con los labios fruncidos.
-Sólo quiero algo de cariño. Algo que dibuje una sonrisa en mis labios. Unas palabras agradables, un poco de aliento que no esté helado en mentiras y sarcasmo. Quiero que me des algo para seguir aquí, para seguir peleando por el que se supone que es mi amigo. Quiero un destino, quiero saber que no estoy perdiendo mi valioso tiempo en la mierda que eres, Robert. Porque eso es lo que eres, hijo de la gran puta.
Se separó con violencia y se dirigió hacia la puerta. No dijo ninguna palabra al dar el portazo, no respiró hasta que llegó a cruzar la calle.
Robert, desde la ventana, se mordía el labio inferior, indeciso, consternado. El bolsillo empezó a vibrar. “Qué inoportuno” pensó. Mas no pudo hacer otra cosa sino que abrir los ojos y dejar que el corazón se le partiera en pedazos.
"No dejes que sea el que tenga que decir adiós.
L.

domingo, 25 de diciembre de 2011

Sobran las palabras.


Por lo menos, tenía las manos mínimamente cálidas. La taza de chocolate caliente lo estaba ayudando a entrar en calor, aunque seguía con aquella maldita sensación de estar congelado hasta los huesos. Bajó la mirada, encontrando evanescentes figuras en el humo del chocolate.
—Odio el frío —gruñó Robert desde la cocina, mientras se quitaba los copos de nieve de la cabeza.
Luca suspiró, cruzando las piernas aún con la vista puesta en la farola de la esquina. La veía apagarse y esforzarse para volver a iluminar la calle de las sombras, una y otra vez, sin descanso. Pero tendría que morir algún día.
—Adoro el frío.
—Feliz Navidad, Luca.
Robert se sentó a su lado, entregándole un paquete mediano, envuelto en un precioso y brillante papel rojo, colmado con un lazo de color negro que se notaba que no había sido hecho por sus patosas manos. Mirándolo con timidez, lo cogió y empezó a desenvolverlo, con cuidado, procurando no causar ningún rasguño sobre el papel.
Y allí estaba: una pequeña foto en blanco y negro, incrustada en un marco plateado de formas redondeadas, moderno y clásico al mismo tiempo. Su primera fotografía, antes de que todo fueran besos, abrazos y discusiones sin importancia. Antes de que la palabra “amor” adquiriera tales connotaciones. Robert pasaba el brazo por sus hombros, sonreía de tal manera que se le formaban pequeñas arrugas en los ojos. Unos ojos llenos de luz, de sueños.
Se miraron, sonrientes. Robert asintió con la cabeza, pasándole un brazo por los hombros, imitando aquellos tiempos lejanos que casi se habían quedado en las aguas del olvido.
—Feliz Navidad, Rob —ahogó la voz en un llanto de emoción.
De nuevo, observaron la fotografía. Con alegría, con añoranza, con inocencia. Con perfección. Las palabras, ya estaban sobrando. El frío, ya los estaba abandonando. 

martes, 6 de diciembre de 2011

Bailemos.


Los acordes de una vieja guitarra eléctrica perfumaban al ambiente oscuro y ebrio del pub inglés, en un constante goteo de tibias notas que alimentaban el nerviosismo que lo hacía mecerse adelante y atrás, intermitentemente, pero con una infinita suavidad.
—Deberías dejar de beber —Robert le dio un trago a su vaso de Jack Daniels con hielo mientras sonreía de medio lado.
Luca no pudo sino destrozarlo con la mirada. Pero seguía aferrando la botella de vodka con fuerza.
—Me tranquiliza, es la única manera de no pensar en todo –la lengua se le deslizaba en el paladar, vagueando las últimas palabras—. Además, me encanta esta canción.
—¿3 Doors Down? No te hacía escuchando tal música, no pareces de ese tipo de chico.
—Yo no parezco el tipo de nada, Robert —un cálido ronroneo dejó volar una sonrisa picarona que era aún más fácil de esbozar cuando el alcohol te hacía perder la vergüenza. Sus ojos, se tornaron agridulces, felinos, sexys—. Vamos, quiero bailar un rato.
Lo tomó de la mano, tirando de él con torpeza y, a pesar de las miradas de un par de personas incrédulas ante la escena, se plantaron sobre un lugar apartado.
Bajo la intimidad de los focos azules, Luca cerró los ojos y se dejó llevar por el ritmo, por la letra, por los rasguños que las notas estaban creando en su conciencia. Quería llorar, tan fuerte que la garganta le supiera a óxido, pero sólo fue lo suficientemente valiente como para apretar los párpados y romperse por dentro. La canción continuaba y, con ella, la tempestad.
De espaldas, obligó a su acompañante a que lo rodeara con los brazos, lento, temeroso de cometer el grave error de romper la magia que los rodeaba. Obligar, aquella no era la palabra exacta. Ayudar, tal vez.
Cuerpo con cuerpo, Luca podía notar su corazón latir con lentitud, la respiración helada sobre la piel de la nuca, estremeciendo sentidos que no sabía que poseía. Hacia derecha, hacia izquierda, con la misma delicadeza con la que una mariposa posa su cuerpo sobre una bella rosa aterciopelada, se iban moviendo en un pequeño círculo que se repetía una y otra vez.
Luca se volvió, mirándolo a los ojos, pasando los brazos alrededor de su cuerpo. Sus labios casi se rozaban, el deseo aumentaba. Pupilas que se dilataban al ritmo de Here Without You. Con cada frase, ambos sentían el fuego crecer, amenazando con quemar todo sin dejar rastro de humanidad.
Robert curvó los labios sin percatarse, acercándolo más a sí, con ambas manos en su cintura. A pesar de que se resistía, Luca gimió por lo bajo, cerrando los ojos, pegando un poco más sus labios a los suyos. Estiró las manos y se puso de puntillas sobre aquellas ajadas converses azules, sí, esas que habían recogido lágrimas de amor y de impotencia en los momentos más difíciles de un hombre.
Pero el beso no llegó, jamás, la canción terminó demasiado pronto. Y con el final, la terrible vuelta a la realidad. 

martes, 31 de mayo de 2011

Camisas abotonadas en recuerdos.

Por alguna razón inexplicable e irracional, aquella camisa era su favorita. Puede que fuera porque las rayas azules y blancas iluminaban sus ojos de alegría y esperanza enamoradiza y contagiosa. Tal vez, fuera su largo y su ancho, dos factores que dejaban mucho a la imaginación. O puede que fuera por esa mezcla de sudor y colonia cara que se podía percibir por cada parte de la prenda, por cada fibra de la suave y resistente tela. Esa mezcla de olores tan diferentes y tan sensuales, lo volvían loco. Luca había llegado a encontrar una maravillosa sinfonía de esencias por cada poro de Robert, como si fuera el hombre de las mil y una fragancias. Por las mañanas, de sus labios se esfumaba el amargo olor del café recién hecho, solo, como a él le gustaba. Durante la día, había aprendido a enamorarse de la manera en la que Robert sostenía el cigarrillo entre el dedo anular e índice, se lo llevaba a los labios y daba una pequeña calada que, tras hacer un pequeño recorrido por sus pulmones, salía con lentitud, marcando formas sinuosas e imperfectas. Después de la cena, reconocía el aroma a jabón de coco había bañado su cuerpo minutos antes. Más tarde, su boca se disfrazaba del agrio y placentero sabor del whisky con hielo.
Mientras estaba apoyado en la pared, observando a través de la ventana la vida pasar, aquella camisa de rayas se le marcaba en la cintura, contorneándose y dándole a Luca un aspecto aniñado y frágil. Su piel blanca, con el contraste de los ojos azules y el pelo azabache, constituían en él una sola palabra, provista de todo significado: Sexy. Sostenía el vaso de leche en la mano y sonreía de medio lado, fijando con su mirada ningún punto en concreto, concentrándose en su respiración.
Y llegaba el mejor momento del día. Robert entraba en casa, sin decir nada. Dejaba las llaves en el cenicero de mármol que había en la mesita de la entrada, esa de madera oscura y que parecía llevar siglos en aquel apartamento, como si siempre hubiera estado allí. No se imaginaba la entrada sin aquella mesa hortera y vieja. Se quitaba la chaqueta y la dejaba sobre el sofá, acercándose con sigilo a su presa por la espalda. Lo abrazaba con fuerza, por las costillas, besando aquel hermoso cuello de cisne, apartando elegantemente la pequeña melena lisa y oscura. Luca reía por lo bajo y estiraba el brazo para acariciarlo con cuidado, como si fuera el objeto más preciado del mundo. En parte, lo era para él.
En un gesto infantil, Robert le arrebataba la leche y se tomaba sus segundos bebiendo, hasta que no quedaba una sola gota dentro en el recipiente de cristal. Luca protestaba, sin llegar a estar molesto por aquello. Volvía la cara para dejar constancia de su beso en los labios de Robert, un beso lento y cálido. Después, ambos se volvían para contar todas y cada una de las gotas de lluvia que se estampaban contra el cristal, quedándose en silencio. Te quiero, decía, chico de las camisas. El otro, sentía un escalofrío por la espalda y se giraba con rapidez, movido por un singular resorte. Lo besaba, con pasión, con deseo, con ansia. Y aquellos besos que ambos se ocupaban de mantener, solían acabar sobre las sábanas blancas que tantas riñas amorosas habían soportado no sin cierto resentimiento.

domingo, 20 de marzo de 2011

Plumas negras.

Luca corría a gran velocidad por una calle completamente desierta. Las piernas empezaban a fallarle a causa del cansancio. La nieve se le quedaba en el pelo, tornándolo blanco. Lo hacía resbalar, perder tiempo, agotar sus fuerzas.
Giró una esquina y tuvo que agacharse para que una enorme masa oscura y homogénea no le arrancara la cabeza y lo empotrara en la pared. Sus ojos bicolores recorrieron la zona, peligrosos. Hasta que lo vio: Una figura vestida de negro, encapuchada, que sostenía a una persona con una bolsa en la cabeza agarrada por el cuello. Cuando le quitó la bolsa, Luca pudo reconocer el aterrado rostro de Robert y sus ojos, unos ojos oscuros que nunca había visto tan asustados.
Luca no dijo nada, respiró hondo y miró a los ojos a aquel demonio. Giró su mano, observando como caía de rodillas al suelo y empezaba a retorcerse de puro dolor, emitiendo alaridos que destrozaban los tímpanos. Robert cayó al suelo y comenzó a toser, le faltaba el aire.
El chico corrió hacia él y sujetó su rostro, pasándole una mano por el pelo, con cariño y desesperación al mismo tiempo.
-¿Estás bien? -se le ahogó la voz nen la garganta.
El hombre miró por encima de su hombro. Luca se giró con una pasmosa rapidez y pudo ver como aquel demonio se había levantado y dirigía el mayor de sus ataques hacia ellos, con la intención de acabar con sus vidas para siempre, convirtiéndolos en polvo.
Ejecutando un movimiento felino, Luca se lanzó sobre su protegido y lo abrazó con fuerza. Entonces, emitió un grito de dolor. De su espalda nacieron con velocidad unas enormes y poderosas alas de plumas negras y brillantes, que envolvieron sus cuerpos a modo de caparazón.
Y el ataque llegó hasta ellos, generando una enorme explosión. Luca mantenía apretado a Robert contra su pecho, cerrando los puños con fuerza, aguantando los gritos de dolor. Porque aquel dolor era inexplicable. E insufrible, solo comparable con la muerte en el fuego.
Cuando cesó, el chico se volvió hacia el demonio e hizo girar su mano con violencia, haciendo que se retorciera en el suelo, gimiendo. Hasta que dejó de hacerlo, y su cuerpo se hizo polvo, polvo que empezó a confundirse con la nieve.
Los ojos bicolores de Luca dejaron de brillar de aquella manera tan peligrosa y felina. Y cerró los párpados, sintiendo como su cuerpo iba cayendo lentamente hacia un inmenso vacío. Pero unos brazos fuertes y adultos lo sostuvieron antes de que cayera por completo. Pero él, antes de poder notarlo, ya se había quedado inconsciente.
Mientras tanto, desde el cielo, la nieve era acompañada por miles de plumas negras.

miércoles, 6 de octubre de 2010

Una noche. Un beso. Un te quiero.

Se pasó un mechón de su pelo por detrás de la oreja. Los rayos del sol empezaban a entrar por la rendijas de la persiana, dando de lleno en las paredes de aquella habitación. Luca estaba intentando leer algo, intentando distraerse, intentando no pensar demasiado. Acabó desistiendo, tumbándose en la cama, cerrando los ojos. Había estado esperando a Robert durante toda la noche, pero no había aparecido. Allí, en su casa, todo olía a él. Todo eran recuerdos, risas, suspiros, gemidos, momentos felices y momentos tristes. Luca no dejaba de pensar que no se lo merecía. Según decía, no había sufrido lo suficiente. Tenía la sensación de no haberse dado los suficientes golpes como para merecerse a una persona como Robert. Pero era mentira. Se lo merecía, por una vez en la vida, Robert sería un premio por esa vida de dolor y tristeza que había llevado.
La puerta de la habitación se empezó a abrir con lentitud y el chico se incorporó.
-¿Estabas despierto?
Luca asintió, con una media sonrisa, frotándose los ojos.
Robert sonrió con amplitud y cerró la puerta a sus espaldas. Se quitó la chaqueta y empezó a quitarse la camisa, mientras abría el armario. El chico siempre había pensado que su espalda era preciosa, ancha, fuerte. Sonrió y desvió la mirada. No necesitaba una respuesta o una explicación de su retraso, confiaba en Robert.
-He estado reunido con gente de la agencia. Estamos con el agua hasta el cuello, tenemos que conseguir más beneficios -el hombre se sentó a su lado y le dio un ligero beso en la frente-. Así que estas noches serán repetidas. ¿Sabes que significa?
-¿Nada de polvos?
Rió.
-Nada de esperarme despierto, Luca, tienes que descansar.
El chico se tiró sobre él, besándolo con fuerza, sintiendo el calor de su pecho en aquella mañana invernal. Se separó un poco, colocando la cabeza en su pecho.
-Haré lo que me de la gana, cariño, lo que me de la gana.
-Vale, pues vuelve a hacer lo que te sale de las narices, anda.
Luca se incorporó, sonriente y volvió a besarlo. Estaba cansado, pero Robert se encargaría de recargar esas fuerzas perdidas. El hombre lo colocó debajo suya, alzando los brazos por encima de su cabeza y metiendo una mano por debajo de su pijama. Luca se sonrojó y volvió a besarlo.
-Sabes que te quiero, ¿no?
-No, no lo sé. Pero puedes refrescarme la memoria -Robert mordió su cuello y se separó, esperando esas palabras.
-Te-quiero.
Y esta vez, más que nunca, sus corazones latieron al mismo tiempo.

lunes, 27 de septiembre de 2010

Son cosas de adultos.

De nuevo, Luca estaba sentado en aquella silla, con una pequeña libreta en blanco en las manos. Lo estaba esperando, llevaba más de media hora esperando a que todo empezase. ¿Dónde se había metido Robert? Estaba tardando demasiado, estaba empezando a hacer que los nervios de Luca se enfurecieran por momentos. Por fin, con paso fuerte y una bonita Canon 1000D en el cuello, Robert caminó hacia él con una sonrisa. Luca sintió cómo el mundo se paraba en el instante en el que miró la luz de sus ojos castaños. El chico se levantó y sonrió.
-Has tardado demasiado.
-He tenido cosas que hacer, ya sabes, cosas de adultos –se quitó la chaqueta y dejó la cámara en la mesa.
Luca odiaba esa frase. Cosas de adultos. Odiaba esa estúpida línea que ponía entre los dos. La odiaba con todas sus fuerzas. Era lo que más lo molestaba de aquel apuesto fotógrafo de treinta y dos años, el que siempre quedase por encima suya con aquellas tonterías de adultos. Pero Luca iba a hacer que todo cambiara. Llevaba más de un año ocultando aquel sentimiento. Llevaba más de un año buscando miradas, sonrisas, roces, momentos. Buscando palabras, voces y susurros. Intentando que el corazón no se le saliera del pecho por amor, deseando besar aquellos labios con los que llevaba soñando desde el primer día. Lo suyo era, y sería, un flechazo. Anna creía que era un simple capricho y Roger decía que se le pasaría con el tiempo. Pero estaban equivocados. Yo sé que lo que Luca sentía no era un encaprichamiento. Era amor, del verdadero, de esos que ya casi no existen.
-¿Qué haces con la cámara? –Luca cerró la puerta a sus espaldas y fue hasta su propia cocina, buscando un refresco, entregándoselo después, con las mejillas coloradas.
-Siempre voy con la cámara. Gracias. ¿Qué querías? No es normal que me invites a tu casa. ¿Y tus padres?
-No están.
-¿Tu hermana?
-No está.
-¿Tu gato?
-Ha muerto.
-¿Entonces…?
-Te quiero.
El tiempo volvió a pararse. Luca creía que alguien se estaba acercando por los pasillos de la casa, pero se sorprendió a sí mismo cuando descubrió que eran los propios latidos se su corazón, haciendo que su pecho diera pequeños saltos. Se olvidó que tenía que respirar, pues su mente solo estaba pendiente del gesto de Robert. Y en ese momento, quiso desaparecer, que la tierra se lo tragase, que el edificio se cayera abajo. Pero no soportaba ese silencio, no soportaba ver esos ojos incrédulos.
Él frunció los labios. Tardó bastante en hacer otro movimiento. Se levantó y se pasó una mano por la barbilla, acariciando aquella barba de tres días. Suspiró, acercándose con lentitud a Luca.
-¿Qué significa eso? –susurró, cuando estuvo a centímetros de él, sosteniendo su barbilla.
-Todo lo que significa, Robert. Que te quiero, que te amo con todas mis fuerzas. Nunca había sentido esto y menos por alguien como tú –se sonrojó más. Y hasta él mismo se sorprendió de su fuerza y valentía, al comprobar que su voz era firme y clara-. Si tú te mueves, yo me muevo. Si tú ríes, yo río. Cuando tú lloras, mi mundo entero empieza a derrumbarse. Cuando tu mundo gira, el mío es el satélite que lo hace con el tuyo. Estoy cansado de guardar todo esto dentro –su tacto hizo que se le pusieran los pelos de punta-, estoy cansado de fingir que no pasa nada, cansado de parecer tú amigo cuando lo que quiero es ser algo más que eso. Cansado de llorar cada noche por ti, cansado de que me falte el aire cuando no estás. Haz lo que quieras. Llámame loco, tarado, estúpido e idiota. Hasta puedes llamarme antinatural, lo que te dé la gana. No hago esto por conseguirte, no hago esto por llegar a una meta. Lo hago porque es lo que necesito hacer. Este es mi lugar y mi posición, esto es lo que soy y es cómo lo siento.
Robert sonrió. Sin mediar palabra, bajó sus labios hasta los de Luca, haciendo un poco de presión, sintiendo como se ponía tenso de repente. Cerró los ojos y fue abriendo poco a poco sus labios, metiendo su lengua dentro de la boca del chico, esperando a que reaccionara mientras degustaba su tibia saliva. 
Se separó un poco, percatándose de que había lágrimas en los ojos de él. Aquel beso había sido todo para Luca. Lo que había estado deseando. Había sido el beso más maravilloso que jamás le habían regalado. Había sido esa medicina para curar todo el dolor de su ser, la venda para aquel corazón sangrante y herido.
-¿Por qué lloras?
-Porque no lo entiendo.
-¿El qué no entiendes?
-A ti. No te entiendo a ti. Eres… eres idota.
Rodeó el cuello de Robert con los brazos, correspondiendo a cada uno de sus besos, dejando que éste lo pegara a la pared, jadeando cuando notó su tacto cálido sobre su fría piel. El corazón de Luca palpitaba con fuerza, contento, renovado. El de Robert seguía su ritmo.
Una camisa empezó a resbalar por unos fuertes hombros. Un crujido de una cama al caer un cuerpo sobre ella, después. Una risa nerviosa en la oscuridad. Dos estrellas que colisionan sin aviso, estallando en miles de pedazos, resplandeciendo aún más. Un jadeo en una noche resplandeciente. Unos vecinos que se sorprenden de tales muestras de amor. Unos corazones que han sido unidos por un fuerte lazo invisible.
El amor es algo inesperado. Nunca sabemos si esa persona nos corresponde. Nunca sabremos quién será. Puede ser un él. O puede ser un ella. Da igual si nosotros somos un o una. Lo que importa es lo que sentimos. Y contra eso, no se puede luchar. Por eso, debemos ser como Luca. Debemos arriesgar todo a una. Da igual si somos rechazados. Da igual si no lo conseguimos. Da igual si apuntamos a la luna y llegamos a las estrellas. Eso no importa. Lo realmente importante es que lo hemos hecho. En ese momento, seremos felices


Puede que os sorprenda un poco la temática de este texto. Creo que a partir de ahora empezaré a escribir mucho más sobre temas "radicales". Se avecinan sorpresas. Por cierto: ¡¡MUCHAS GRACIAS POR LOS 50 SEGUIDORES!! Enserio, sois geniales. Muchas gracias, gracias a todos por hacer este sueño realidad. Me alegro mucho de que os gusten mis historias. En todo el tiempo que he estado aquí, he aprendido a mirar las cosas desde muchos puntos, he conocido a personas realmente geniales y a los que admiro mucho. Muchas gracias, de verdad.

domingo, 26 de septiembre de 2010

Luca ya no sabe qué sentir.

¿Cómo describir todo lo que Luca podía llegar a sentir? Es muy complicado de explicar, hay cosas que simplemente no se pueden poner en palabras, que son imposibles de escribir en un papel. Se sentía mal consigo mismo, no llegaba a gustarse. Sentía demasiadas astillas en su corazón, astillas que lo provocaban un dolor, tan intento, que recorría su cuerpo hasta acabar en los dedos de sus manos. Se había olvidado de cómo se lloraba, se había olvidado de demasiadas cosas. No dejaba de repetir aquella canción. Esa misma canción que estaba escuchando cuando esa persona apareció por la esquina, sin que le diera tiempo a reaccionar. Y volvío a sentir lo mismo: Dolor. Sonreía, pero era una sonrisa demasiado falsa. Había dejado de creer en los cuentos de hadas, ya no quería saber nada del "y vivieron felices y comieron perdices". Los cuentos eran para los que todavía vivían en las nubes. Él se había dado de bruces con la realidad, una realidad que no lo agradaba. Quería que esa persona estuviera allí, con él. Quería que lo abrazase, que le diera el cariño que necesitaba. Necesitaba un simple "te quiero" y tomar un trozo de tarta de queso en su regazo, mientras se miraban a los ojos. Sueños, sueños y más sueños. Ese era el día a día de Luca. ¿Sabéis lo que me dijo aquel día tan nevado, cuándo me lo encontré llorando en la cama de su habitación? Que nunca iba a rendirse. Yo lo creo. El siguiente paso es que él mismo crea sus propias palabras. Porque cuando te rompen el corazón, nunca llegas a saber cómo te sentías antes.