Mostrando entradas con la etiqueta Destino.. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Destino.. Mostrar todas las entradas

sábado, 3 de diciembre de 2011

Eternidad.

Ya no sabíamos qué hacer. Tú y yo, la noche era demasiado oscura para ambos, pobres inocentes.
Conocimos la verdad de las historias de fantasía, reemplazándolas por históricas. Las personas cambian, crecen, solitarias e inquebrantables como el tiempo. Los sentimientos maduran, se enfrían, se rompen, desaparecen como tú. Los días caen, con el sol, hasta que la nada nos envuelve.
La pluma sobre el papel rasgado parecía no ser suficiente. Suspirar dolía, sonreír mataba. Sustituye el dolor por el alcohol si es lo que deseas, y el sentimiento de pérdida por las páginas de un viejo diario. Cambia las vendas, a pesar de que las cicatrices sigan en tu pálido cuerpo de princesa. Y puedes cerrar los ojos para no ver las luces rojas que te muestran el camino, pero los recuerdos seguirán ahí para siempre, como esa sombra del pasado que no se ha cansado de perseguirte. Escapa, huye, corre, grita, mas nunca podrás escapar el tic-tac de tu reloj.
Palabra tras palabra, tachón tras tachón, escondemos una parte de nosotros, dejando constancia del mundo que fluye por nuestras venas. Memorias, recuerdos, tardes de ocaso, nieve que se funde, simples afluentes que se escanden bajo la piel. Promesas de niños, mentiras para adultos. Teníamos un lugar al que llamar nuestro hogar, un lazo que nos unía en el paso de los años, una historia que poder contar.
Ahora me hayo aquí, sentado y cansado, maldiciendo el día en que las promesas, las palabras y los suspiros se los llevó el viento. Y duele, más que el fuego sobre mi piel, el saber que jamás volverán.
Les quitamos su eternidad.

jueves, 8 de septiembre de 2011

Cuando caiga el sol.

Ya está. Parece que el tiempo le ha enseñado a vivir, a caminar también. Es hora de que parta por la senda en la que todos tienen que luchar y sufrir, perder y ganar, amar y temer. Ya sean pasos pequeños, o pasos agigantados, a la par que pesados, puedo ver la silueta de un chico que comprendió que la vida nunca es justa con aquellos que pisan la arena para pelear. Aprendió que la oscuridad de esconde en la más pura luz, deseando apoderarse de los corazones más inocentes, ansiosa por desgarrar cada alma que se encuentre por el camino. Se dio cuenta -y muy a mi pesar- de que el azúcar no es siempre dulce, de que el tacto del cielo no siempre es aterciopelado, y de que, a veces, invierno no es un sinónimo de olvido. Luchó mil y una batallas fuera de casa, defendiendo su fe con la verdad. Corrió a través de dolor de ver partir a aquellos a los que amó, añorando a aquellas personas que fueron sus más sólidos pilares y que, hoy, son como humo que se desvanece en la atmósfera.
La vida le enseñó a que la chispa más pequeña puede prender la más grande de las ciudades. Solo hay que avivarla, desearla, alimentarla con sentimientos tan pequeños como los granos de arena.
El crepúsculo ya cae sobre las montañas, bañándolas en rojo, naranja y violeta. Un pájaro anima la caída con su dulce canto primaveral. Y yo, aún con mis ojos cansados, puedo ver como su figura desaparece en busca de una realidad a la que tendrá que enfrentar.




Por cierto, gracias por los premios. Cuando tenga tiempo, juro que seguiré las normas y haré las nominaciones. Gracias, una vez más, sois geniales.

miércoles, 1 de junio de 2011

Perdóname.

Y sin embargo, estaba allí plantado, con los músculos en tensión, respirando entrecortadamente y escuchando los fuertes latidos de su corazón. Cada vena se le marcaba bajo la piel, palpitante. Sus ojos estaban clavados en un punto fijo, un punto al que también estaba mirando la boquilla de la pistola, amenazante con disparar la muerte en cualquier momento, en el menos esperado. Las manos le temblaban con violencia, rojas a causa del frío. De sus labios, se escapaba un huidizo vaho que desaparecía al contacto con el exterior. Cada latido, era un pinchazo en el pecho. Cada latido, le recordaba a un momento. Cada latido anclaba una cruz más sobre aquella desolada alma de la que solo quedaban unas pobres y mugrientas cenizas que ahora a nadie importaban.
Bajo la nieve, el mundo entero hacía un forzado mutis, sosteniendo con ligereza una quietud insoportable. Las calles desiertas y el cielo encapotado empapaban el ambiente de pesadez, que caía sobre sus espaldas. No estaba preparado para ello, no quería estar preparado para tener que hacerlo. Notó cómo se le congelaban las lágrimas en las mejillas y se detenían para siempre.
Porque aquello no podía haber terminado así. Era imposible que el mundo se hubiera reducido a escombros, a muerte, a desolación. Los monstruos que se suponían debajo de la cama caminaban ahora por una ciudad de la que ya poco quedaba. Y todo, absolutamente todo, había dejado de existir. La vida ya no tenía sentido y la muerte era una farsa. Entonces, ¿qué era lo que quedaba? ¿Por qué se debía luchar? ¿Por qué ideal se podría seguir sosteniendo la frágil cuerda que los mantenía atados a la cordura?
Un escalofrío recorrió su cuerpo.  No bajó el arma en ningún momento, sosteniéndola con fuerza, pero sin convicción. Suspiró, una última vez, antes de que un torrente de lágrimas volviera a correr por su frío rostro. Abrió la boca para decir algo. Su sonrisa lo hundió por completo. Sus ojos, lo atravesaron. Cerró los párpados, gimiendo, olvidándose de respirar durante unos segundos.
—Perdóname.
—Te quiero —obtuvo como respuesta.
Su dedo índice hizo presión sobre el gatillo. Fue en ese entonces cuando sintió como algo se rompía en lo más profundo de su ser.