jueves, 11 de julio de 2013

Wait, don't go.

Y el choque de nuestros cuerpos contra la cama, en la más profunda intimidad de la habitación, resonó, como eco perdido en el pasado, entre el aire que nuestros besos consumían con cada segundo que pasaba, con cada segundo que perdíamos, con cada paso que dábamos.  Sus brazos me rodearon por la cintura, en perfecta armonía entre amor y pasión desenfrenada. El fuego de su piel me quemaba en el pecho. Su saliva, aliviaba el calor. Sus ojos iluminaban mi camino y aquella sonrisa reparaba las heridas.
Y eran sus manos, aunque entonces no lo supe, las únicas brújulas que me guiaron a través de su cuerpo, hacia confines secretos, hacia promesas y caídas. Las únicas que unieron nuestros lazos en la eternidad de la nieve, las únicas que removían mi mundo y me hacían temblar de frío. Eran sus manos, mi perdición. Eran sus manos, mi alma. Las únicas, que intentaron espantar mi miedo, y que no lo consiguieron.
Entre jadeos y susurros, entre nuestros propios pensamientos, pude verlo a él. A él y a sus marcas de guerra. A él y a sus heridas. Sus dedos, se entrelazaron con los míos con demasiada fuerza, con dolor, castigados por el terror y la oscuridad. No pude retener las lágrimas, no pude retener aquella parte de mí que no soportaba la angustia de la pérdida, el miedo del jamás, la muerte tras el último adiós.
Sin embargo, sonrió.
-No quiero que te vayas. No quiero que te alejes. No puedo respirar. Quédate aquí, conmigo.
-Volveré, Luca, sabes que lo haré.
El silencio nos envolvió con su tacto aterciopelado, con su manto de dudas y riesgos que asumir, decisiones que superar, escalones con los que tropezar, para levantar.
-Te lo prometo, pequeño.
Y sus labios se fundieron con los míos, en un besó que duró horas, o segundos. Minutos, o siglos. Sus besos como arma de destrucción masiva, como remedio para enfermedades.
Allí, en la oscuridad, hubiese deseado que aquella promesa, que aquellas palabras, hubiesen sido de verdad.

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