Nunca sería de aquella manera. Cólera
nunca sería la clase de chica que regalaría el corazón, que correría a los
brazos de un hombre, que se apegaría a la calidez del hogar. Porque ella no era
nada. Era vacío, oquedad. Mirarla suponía el esfuerzo por quedarse ciego en la
oscuridad, suponía ver dos pares de ojos descomponerse ante tus narices. Cólera
no era más que un frustrado recuerdo de lo que intentó ser un pasado de oro, y
de otro. Cólera no era más que una pequeña y diminuta fracción de segundo que
se nos escapa si queremos medirla, que nadie parece captar, pero que siempre se
desea capturar, encerrar, encadenar. Era tiempo y espacio. Era el todo y la
nada. Era sexo y desenfreno.
Por eso, mientras pequeñas y
cristalinas perlas de sudor se derramaban por sus blanquecinos pechos, no pudo
evitar mirar a la chica que tenía bajo sus rodillas, un pequeño espécimen de
cabello granate y ojos saltones que le concebían una especial belleza de arte
impresionista.
—Nunca había sentido algo como
esto.
Cólera se levantó, con aire
gatuno y desinteresado, encorvando su figura hasta alcanzar las botas, muertas
a los pies de la cama.
—¿Cómo qué, preciosa? —ronroneó,
o quizás fue el dolor de garganta. O el humo del tabaco.
—Esta sensación, este ambiente.
Poesía —murmuró la chica de cabello granate y ojos saltones, sin poder evitar
que un rayo de inocencia se escapara desde la boca del estómago—. ¿Nunca lo has
sentido?
Suspiró y exhaló el humo del
cigarro que parecía teñirse con el color del pintalabios. Cólera era cielo.
Pero también infierno. Se visitó con agilidad y se plantó en la puerta.
—Poesía, poesía, poesía. Las
palabras se desvanecen en el aire, pierden el sentido en el tiempo. ¿Quieres un
consejo, chica de los versos rotos? —una pequeña sonrisa lobuna asomó en su
rostro—. Confía en los hechos. Se hunden en la memoria, sí, pero es lo único
que verás ante tus ojos antes de que des el último adiós. No habrá poesía, no
habrá música, no habrá absolutamente nada. Sólo imágenes, estúpidas y jodidas
imágenes. Y recordarás este día antes de partir, pero como aquel en el que
entregaste el corazón y a nadie le importó una mierda.
Y de nuevo, ella era Cólera.