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jueves, 24 de mayo de 2012

La chica de los versos rotos.


Nunca sería de aquella manera. Cólera nunca sería la clase de chica que regalaría el corazón, que correría a los brazos de un hombre, que se apegaría a la calidez del hogar. Porque ella no era nada. Era vacío, oquedad. Mirarla suponía el esfuerzo por quedarse ciego en la oscuridad, suponía ver dos pares de ojos descomponerse ante tus narices. Cólera no era más que un frustrado recuerdo de lo que intentó ser un pasado de oro, y de otro. Cólera no era más que una pequeña y diminuta fracción de segundo que se nos escapa si queremos medirla, que nadie parece captar, pero que siempre se desea capturar, encerrar, encadenar. Era tiempo y espacio. Era el todo y la nada. Era sexo y desenfreno.
Por eso, mientras pequeñas y cristalinas perlas de sudor se derramaban por sus blanquecinos pechos, no pudo evitar mirar a la chica que tenía bajo sus rodillas, un pequeño espécimen de cabello granate y ojos saltones que le concebían una especial belleza de arte impresionista.
—Nunca había sentido algo como esto.
Cólera se levantó, con aire gatuno y desinteresado, encorvando su figura hasta alcanzar las botas, muertas a los pies de la cama.
—¿Cómo qué, preciosa? —ronroneó, o quizás fue el dolor de garganta. O el humo del tabaco.
—Esta sensación, este ambiente. Poesía —murmuró la chica de cabello granate y ojos saltones, sin poder evitar que un rayo de inocencia se escapara desde la boca del estómago—. ¿Nunca lo has sentido?
Suspiró y exhaló el humo del cigarro que parecía teñirse con el color del pintalabios. Cólera era cielo. Pero también infierno. Se visitó con agilidad y se plantó en la puerta.
—Poesía, poesía, poesía. Las palabras se desvanecen en el aire, pierden el sentido en el tiempo. ¿Quieres un consejo, chica de los versos rotos? —una pequeña sonrisa lobuna asomó en su rostro—. Confía en los hechos. Se hunden en la memoria, sí, pero es lo único que verás ante tus ojos antes de que des el último adiós. No habrá poesía, no habrá música, no habrá absolutamente nada. Sólo imágenes, estúpidas y jodidas imágenes. Y recordarás este día antes de partir, pero como aquel en el que entregaste el corazón y a nadie le importó una mierda.
Y de nuevo, ella era Cólera. 

sábado, 10 de diciembre de 2011

Su nombre es de ira.


Bajo los neones neoyorkinos, Cólera caminaba con indiferencia desgastada, pero sensual. Cruzaba las piernas a cada paso. Las botas de cuero negro y brillante la elevaban sobre la muchedumbre de la ciudad, aunque su cabeza ya estaba por muy encima del infinito nocturno, por encima de aquella realidad.
Los taconazos sobre el pavimento, incrustados en cristales rodados, se alineaban en armonía con el rock n’ roll de los pubs que quedaban a sus espaldas, derrapando en las peligrosas curvas de su cadera.
Flameante, aquel cabello anaranjado se enredaba con la fina brisa invernal, como si formara una esencial parte de ella. Ojos de color azul, pero no de un azul normal, tampoco de un azul zafiro. Eran brillantes, glamurosos, y tan soberbios que te hacían odiarla en aquel mismo instante, pero igualmente desear tenerla en la cama, completamente desnuda, gimiendo, susurrando tu nombre una y otra vez. Azules invierno, peligrosos y atigrados. Pestañas finas y alargadas los rodeaban. El rímel se había esparcido un poco hacia abajo, no obstante, la ferocidad seguía innata tras aquella cara de ángel caído del cielo. Entrecerraba los ojos a la par que caminaba, sólo para poder derrochar un poco del desprecio que sentía en las entrañas.
Labios rojos como el fuego, diminutas constelaciones pecosas en las mejillas rosadas. Y una piel, tan pálida, que unas tímidas venas azules entreveían en su cuello, colmadas en veneno y amor no correspondido.
Se llevó el cigarrillo a la boca, exhalando un poco de humo y un poco de esperanza perdida, ganas de gritar, de reír y disfrutar.
Robaba miradas y las despezaba con sus frágiles uñas. Tomaba esperanzas y les arrancaba hasta la última parte de racionalidad. Cogía mil y un corazones y los hacía reventar de puro dolor.
Cólera.
Paso a paso, recorría las calles tan sólo para buscar un poco de risas hechas de heavy metal y whisky barato. Una nueva víctima, un poco de sexo desenfrenado.
Dejó a la camiseta escurrírsele por el hombro con delicadeza infantil, mostrando el tirante de un sensual sostén negro y escarlata. Sonrió, apenas unos centímetros de hipocresía.
Y con esa sonrisa, rompió una nueva ilusión.