Se miraba al espejo, pero
con poder y lujuria, sabiendo que ella era mucho más bella que lo que el
cristal dibujaba en la penumbra.
-Si un día desapareciera,
¿qué harías?
Bruno dejó de escribir con
tinta en los dedos y un nudo en la garganta. Se giró, temiendo que las segundas
le arañaran la espalda hasta dejarlo sin piel.
-Sabes que te buscaría.
-¿Removerías cielo y
tierra? –sus pestañas bajaron y subieron generando una pequeña corriente de
egolatría.
Asintió, con una
pequeña sonrisa e intentó acercarse. Alma lo detuvo, con cuchillos en los ojos
y rabia en su lengua viperina.
-Pues no lo hagas. No me
busques, no te muevas, no respires entonces por mí. Me dejarás ir y dejarás de
respirar, también de fumar –entonces, hasta llego a parecer triste-. Porque no
volveré, mis labios se cerrarán para siempre.
Se hizo el silencio y Roma
canceló los planes para la tarde.
-No hay nada peor que un
hombre como tú arrastrándose, como un chucho barato, por alguien como yo. Yo
soy la Bella y tú, la Bestia. Madura, Bruno, madura de una vez.
Alma se volvió a mirar en
el espejo. Y oscuridad es todo lo que vio.