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miércoles, 8 de agosto de 2012

Yo soy la Bella y tú, la Bestia.


Se miraba al espejo, pero con poder y lujuria, sabiendo que ella era mucho más bella que lo que el cristal dibujaba en la penumbra.
-Si un día desapareciera, ¿qué harías?
Bruno dejó de escribir con tinta en los dedos y un nudo en la garganta. Se giró, temiendo que las segundas le arañaran la espalda hasta dejarlo sin piel.
-Sabes que te buscaría.
-¿Removerías cielo y tierra? –sus pestañas bajaron y subieron generando una pequeña corriente de egolatría.
Asintió, con una pequeña sonrisa e intentó acercarse. Alma lo detuvo, con cuchillos en los ojos y rabia en su lengua viperina.
-Pues no lo hagas. No me busques, no te muevas, no respires entonces por mí. Me dejarás ir y dejarás de respirar, también de fumar –entonces, hasta llego a parecer triste-. Porque no volveré, mis labios se cerrarán para siempre.
Se hizo el silencio y Roma canceló los planes para la tarde.
-No hay nada peor que un hombre como tú arrastrándose, como un chucho barato, por alguien como yo. Yo soy la Bella y tú, la Bestia. Madura, Bruno, madura de una vez.
Alma se volvió a mirar en el espejo. Y oscuridad es todo lo que vio.

lunes, 6 de agosto de 2012

Un Madrid con alma de pasado.


Y el café se congeló. No había sido capaz de mantenerlo templado entre las palmas de sus manos, de mantenerlo humeante y rebosante de vida. Y le molestaba, por el simple hecho de ser un jodido cappuccino de las narices que no tenía nada que envidiarle a los cafés de la Toscana. Sin embargo, se olvidó del tiempo perdido en las calles de Madrid, al lado de edificios victorianos que suspiraban polvo, belleza y glamour, historia. El cielo rayaba la tempestad, pero no se dignaba a arruinar el viaje. Bruno paseó durante horas, largas y tendidas, por las calles que habían visto a un Madrid que nacía, un Madrid que moría y un Madrid que resurgía como el ave fénix de sus propios escombros, desgracias, de su propia guerra. Bloques impotentes que se alzaban en el cielo, cafeterías que adornaban el aire con olor a café recién hecho, librerías oscuras y quebradizas con miles de historias sin contar, pequeños bares bohemios en los que encerrarse y dejar que el whisky hiciera el resto. Músicos callejeros, con talento pero sin estrella, mimos que robaban sonrisas a los inocentes. Sonrió, sin saber por qué. Quizá le robaran una a él.
En una pequeña terracita con aire francés de finales del siglo XX, una silla de madera lo recibió con los brazos abiertos. Pidió un café, uno de verdad, uno con leche y un toque de cacao. Bajó la mirada y se perdió a su alrededor. Se sentía bien, podía ser él, él mismo, después de mucho tiempo. Había roto las páginas de su diario hasta que la tinta sangró y se escurrió sobre el suelo. Perdonó, pero no pudo olvidar. Al fin y al cabo, no podía hacer otra cosa.
O sí.
No llegó a beber el fabuloso café francés. No llegó a saber que se había colado un mosquito en la espuma (ya era mala suerte). No supo que se habían olvidado del azúcar. Bruno miraba, a la mesa de delante, observando como una señorita de pelo rojizo y rizado se sentaba con elegancia y educación. Sabía que venía de una buena familia, una familia que le había costado noches en vela al borde de la locura. Sus manos, sus dedos atrapados en anillos caros recorrieron con la carta. Se quitó las gafas, una Ray-Ban que hasta parecían nuevas. Su piel, sus brazos, la pequeña cicatriz en el mentón, sus labios carnosos pintados con suavidad. Cuando se encontraron en un puente de miradas cargadas, cuando sintió cómo el corazón se encogía hasta doler, Alma sonrió, perversa, perfecta. Y él murió, como el café, de alguna manera metafórica y poética, literaria y macabra. Teniéndola frente a sus ojos, a escasos metros, supo que aquello no era posible, supo que su vestido rojo ceñido sobre la cintura no era de verdad. Supo que sus ojos no podían estar brillando. Porque Alma, para bien o para mal, había muerto. Tres años atrás. Aquello no podía ser real.